A veces nos tiene que doler el Alma para
que nos podamos enterar.
Estar de pie, frente hacia un precipicio que
nos dibuja mucho la obscuridad.
Inseguridad,
sentimiento cierto en terreno incierto
que no es nuestro.
Inseguridad de caminar, tropezar
y que las bocas pobres y manos malas nos
rompan las alas.
A veces siempre tiene que doler el Alma
para que me pueda enterar de que mi pluma tiembla cuando mi corazón triste está.
Mi corazón, ese del que hablo, del que
escribo y conozco poco; el que me mantiene al frente, viva y sonriente.
Y de aquél precipicio, ¿cómo escapar?, ¿cómo
regresar?, ¿por dónde caminar?, ¿a dónde ir?
Obsesivamente idealista, sigo buscando
ese lugar donde lo único que caliente mi cabeza sean mis recias ganas por vivir
y andar y no así mi inseguridad…
Porque, cuando mi cabeza se calienta, mi
cabello se quema y con él también mis fuerzas, mis rodillas y mis neuronas
cuerdas.
¿Cuándo se va a acabar?...
Me abrazo fuerte y me digo que todo lo
malo y negro que pasa es parte de un plan, para entender, para aprender.
Un plan muy cabrón que en otra vida me va
a enseñar a ser valiente y no llorar.
Entonces,
a veces siempre tiene que doler el Alma
para que nos podamos enterar… que no existe supradol sublingual que la pueda
calmar para que no grite, para que no llore, para que no arda.
Y al alma a veces la veo como esa niña
berrinchuda que no se detiene, no escucha, y no advierte… que juega un juego
que no divierte.
Mi alma –a veces- esta enojada,
Encabronada… así como las letras que
salen de mi pluma cuando ésta no quiere rayar mas…
-Otro de mis poemas honestos.