Tienes que
decidirte –me digo-
sí, como si fuese
muy fácil –me digo-.
He sido tan
cómoda que no me gustan las consecuencias,
me gusta mirar
las consecuencias de los demás,
pero las mías las
pongo a mi lado izquierdo,
que él se las
coma y se quede con ellas,
así podré callarlo
cuadro me las quiera restregar.
Ok, ok, ya se que
tengo que decidir –me digo-
pero, ¿Cómo le
voy a decir a mi Mamá? –me digo-.
Ella que ha
pasado todo este tiempo esperando a verme brillar,
para eso pagó,
para eso dice que
nació,
que fuerte ¿no?.
Así, como va -me
digo-
Pues si, ni modo
que le cante una canción primero
para que vea
flores donde solo va a ver las espinas –me digo-.
Se le va a caer
el mundo y el corazón.
Pues ni modo, le
tengo que decir
Que esto no es
para mi, me digo.
Que ya no puedo pretender afuera que soy
y luego llegar adentro -mi cuarto- y ser.
Que ya no puedo
seguir,
en un lugar donde
la respiración es cansada y mis manos ya no hablan.
¡Ya sé! cuando le diga, me imaginaré que
estoy frente a un auditorio,
lista para cantar
y en eso,
en mi imaginación,
cuan cuerda de
violín,
se revienta mi canción…
A ver, ya basta,
me digo.
Ella me tiene que
apoyar,
es mi mamá
y ese es su don.
Le tengo que
decir que no puedo más,
que no aguanto,
que mis letras se
están ahogando y si no las salvo,
después ellas no
van a querer regresar
y me voy a
marchitar.
¡Sí!, así le diré
que al trabajo voy a renunciar.